EL VALLE DEL INDO: GÉNESIS DE LA URBANIZACIÓN EN ASIA

ERNESTO MIRANDA MÉNDEZ

Decididamente, ningún periodo tan fructífero en acontecimientos reveladores del pasado del subcontinente indio, como los primeros decenios del siglo pasado, en los que sir John Marshall conmocionó a la comunidad arqueológica internacional con el descubrimiento de alrededor de 160 asentamientos, algunos con más de cinco milenios de antigüedad, emplazados en el valle del Indo. Entre los asentamientos descubiertos se encontraron desde aldeas neolíticas hasta los avanzados complejos urbanos de Harappa y de Mohenjo-Daro. Este sensacional hallazgo puso fin a la hasta entonces generalizada idea de que la vida sedentaria en esta región databa de pocos siglos anteriores a Cristo.

Por los días del arqueólogo y luego caballero inglés, se tenían ya bastantes conocimientos de las esplendorosas ciudades construidas por las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Egipto, y se consideraba poco probable la existencia de sociedades contemporáneas a ellas que contaran con un progreso tal que les permitiera igualar sus obras urbanas. Sin embargo, las exploraciones de Marshall revelaron que en lo que actualmente es territorio pakistaní, aunque unos 1,000 años más tardía, floreció una cultura urbana de avance semejante –e incluso superior en algunos aspectos– a las de los países de los dos ríos y del valle del Nilo, y que, a diferencia de estas dos, se extinguió sin que sus logros y tradiciones fueran asimilados por otros grupos humanos, por lo que su existencia cayó en el olvido por casi 3,500 años, tiempo suficiente para desaparecer tanto de sus vestigios como para tornar su historia en uno de los más intrincados misterios de la arqueología.

Los trabajos encaminados a aclarar el pasado de esta región han conseguido revelar que para el IV milenio a.C. el curso bajo del Indo se hallaba ya poblado por aldeas cuyos moradores basaban su economía en la agricultura y el pastoreo, conocían algunas aplicaciones de la rueda, hacían instrumentos de barro cocido y, en general, poseían un avance de rango neolítico. Pero las características del ulterior desarrollo experimentado por los descendientes de aquellos prehistóricos hombres, que los facultaría para constituir una de las culturas urbanas más fascinantes de la antigüedad, continúan siendo todo menos claras. Mientras que algunos investigadores opinan que esta cultura urbana se consiguió gracias a una influencia proveniente del exterior, concretamente de Mesopotamia; otros se inclinan por la idea de que se produjo como resultado de un autónomo proceso de superación. Pero al margen de como haya sido, lo cierto es que hacia el 2,500 a.C. los habitantes de la cuenca del Indo estaban tan evolucionados, que consiguieron erigir dos de las más sobresalientes obras del urbanismo antiguo: las ciudades de Harappa y de Mohenjo-Daro.

El que estas ciudades hayan sido trazadas en atención a un plan funcional, además del que para su construcción hayan sido empleados materiales fabricados expresamente para tal fin, son hechos que evidencian el alto grado de organización y desarrollo tecnológico que debió tener la civilización que las construyó. Sus graneros, molinos, almacenes, dormitorios de trabajadores, espacios para trillar, muelles, etcétera, atestiguan la intensa actividad comercial y floreciente economía que soportada básicamente en la agricultura poseyeron. La ordenada administración de sus productos y bienes queda patente por la gran variedad de sellos pictográficos encontrados, y los copiosos hallazgos de objetos suntuarios y juegos de mesa testifican de un existir desahogado en el que había tiempo para la diversión y el entretenimiento.

Sin embargo, es mucho lo que se desconoce del próspero pasado de Harappa y Mohenjo-Daro, ni siquiera se sabe quiénes o qué clases las gobernaban. Seguramente ambas ciudades desempeñaron papeles de metrópolis, pero no se tiene claro su rol de liderazgo; tal vez eran capitales de estados independientes, o bien, cabeceras de una federación que abarcaba todo o buena parte del valle del Indo. Sus contactos con los grupos radicados fuera de su territorio son igualmente un enigma, pues si bien se ha demostrado que tuvieron contacto comercial con la región mesopotámica, no está nada clara la justa magnitud que este contacto alcanzó.

Así como misterioso es el origen y esplendor de las antiguas ciudades de Pakistán, lo es también su caída. Aunque se sabe que ésta ocurrió hacia el 1,500 a.C., se ignoran las razones que la produjeron. La tesis más aceptada señala que tanto Harappa como Mohenjo-Daro se encontraban ya en una fase de crisis y despoblamiento producida por trastornos de su medio ambiente (quizá inundaciones o empobrecimiento del suelo), cuando fueron objeto de asaltos y saqueos por parte de grupos nómadas denominados arios, lo que marcó su derrumbe final.

El ocaso de Harappa y Mohenjo-Daro significó uno de los más involutivos sucesos de la historia antigua, pues tras él habrían de pasar unos 800 años para que hacia el siglo VII a.C., los nuevos habitantes del subcontinente indio desarrollaran una cultura urbana de dimensión semejante a la de sus prósperos y misteriosos predecesores.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: