EL HORIZONTE DE ATÓN

ERNESTO MIRANDA MÉNDEZ

Pudo ser por una auténtica devoción, por enemistad con el grupo sacerdotal, por el deseo de dar un giro singular a su gobierno o por alguna otra causa desconocida, pero lo cierto es que el faraón Amenothep IV decidió que su pueblo abandonara el culto a las antiguas deidades y a cambio practicara un monoteísmo consagrado a Atón: “el disco solar”. Así pues, cambio su nombre por el de Akenatón ­–que significa “servidor de Atón”– y expidió las leyes necesarias para que la nueva religión quedara instituida como la oficial del imperio.

Pero a pesar de contar con el respaldo imperial, la conversión a la doctrina atoniana no iba a ser sencilla, pues las creencias tradicionales gozaban de gran arraigo popular. Por ello, el ahora Akenatón vio la necesidad de, además de la expedición de imposiciones políticas, hacer varios movimientos que propiciaran un clima favorable para la transición religiosa. Entre tales movimientos, habría uno que resultaría particularmente osado: remover de Tebas la  sede de los poderes imperiales. La razón de tal atrevimiento es clara: Tebas, residencia de los predecesores faraones, era una ciudad consagrada por sus fundadores a Amón, y consecuentemente su prosperidad había sido atribuida a la protección otorgada por este dios, figura central del panteón egipcio, quien tenía su principal centro de adoración precisamente en la ciudad de Tebas. Por todo esto, la entonces capital del imperio estaba completamente impregnada del espíritu de Amón. Todo en ella –templos, monumentos, avenidas…– lo evocaba, y ello la convertía en el sitio menos indicado para ser la morada de un mandatario que aspiraba a efectuar una radical reforma religiosa.

El “servidor de Atón” resolvió pues construir una nueva ciudad para alojar la capital de su reino; una ciudad en la que no hubiese ningún recuerdo que estorbara el desarrollo del nuevo culto. El lugar que eligió para erigirla fue una ribera del Nilo situada 325 kilómetros al norte de Tebas, donde mandó construir catorce estelas para señalar los límites de lo que sería la nueva capital, a la que llamó Ajetatón, que significa “el horizonte de Atón”.

Aprovechando la autoridad y el tesoro reales, Akenatón consiguió levantar una ciudad de gran belleza, espaciosa y elegante, dotada de palacios, templos, edificios administrativos, solar para tumbas, almacenes y, en fin, todo lo necesario para asumir con grandeza el papel de capital imperial. De esta manera, Ajetatón llegó en poco tiempo a eclipsar a las demás ciudades egipcias, incluyendo a la colosal Tebas que, como consecuencia de haber perdido su rango político y religioso, cayó en notorio estancamiento demográfico y económico.

Pero el fulgurante esplendor de Ajetatón no estaba destinado a ser prolongado, pues al morir Akenatón tras diecisiete años de gobierno (1352 a 1335 a. C.), la presión de la nobleza tebana y de los antiguos sacerdotes consiguió la restauración del culto a los dioses  tradicionales y la devolución de la corte faraónica a Tebas. Estos hechos fueron aceptados de buen grado por amplio porcentaje de la población, que no había olvidado sus antiguas costumbres y que había visto con disgusto como el gobierno de Akenatón, ensimismado en la reforma religiosa, había descuidado la política exterior, provocando que los dominios egipcios en Asia se perdieran.

Así, tan súbitamente como fue fundada y llena de fulgor, Ajetatón fue abandonada y las riquezas de sus templos confiscadas. Posteriormente los detractores de Akenatón la destruyeron reduciéndola a un montón de ruinas que cayeron en el olvido. La memoria de su creador no corrió con mejor suerte, pues fue tachado de hereje, maldecido y, en la medida de lo posible, su nombre borrado de los archivos imperiales.

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